DEL EGOÍSMO AL EGO EMPODERADO


     Nuestro ego intenta reflejar la mirada pura de nuestro corazón, pero sólo lo puede lograr si las creencias que lo estructuran permiten que nuestras emociones sean como aguas cristalinas. Esto implica tener creencias más allá de los juicios, creencias que hayan superado la fuerza de la gravedad de la dualidad.


     La educación que hemos recibido ha estructurado nuestro ego para que se sienta separado de nuestra esencia, de nuestro sentir más profundo. Esto provoca una soledad existencial, que el ego intenta mitigar con la creación de un sucedáneo de su propia esencia: el corazón del ego.
    Este ego-corazón está sumergido en la dualidad y sus creencias y por lo tanto sometido a los juicios. Para él lo puro tiene su opuesto: lo impuro. Los sentimientos que crea dan lugar a emociones contradictorias que estresan  nuestro cuerpo. No está libre de los desengaños amorosos, porque confunde la imagen que tiene del otro, las proyecciones- trampa del ego, con la realidad, precisamente esto es lo que provoca la sensación de "me has roto el corazón".
     El auténtico corazón no se puede romper, porque además de ser nuestro centro de sensibilidad es también el centro de nuestro poder y sabiduría. Para llegar a sentirlo en nuestro ego es necesario que  empoderemos a éste, es decir que cambie su sistema de creencias, basado en la dualidad y sus juicios, por uno que verdaderamente pueda reflejar la luz de nuestro corazón. Este sistema es el de los "Nuevos Paradigmas del Conocimiento", que lejos de negarnos nuestra esencia nos ayudan a conectar con ella. Un ego estructurado en estos paradigmas es un ego empoderado y, por lo tanto, no sólo deja de sernos un estorbo para comunicarnos con nuestro ser, sino que también se convierte en un excelente espejo de la luz de nuestro corazón.
     Querido lector,¿qué te parece vivir desde un ego así? Desde él la palabra egoísta pierde su sentido, y la palabra humildad alcanza una nueva dimensión: ser humilde ya no es reprimir nuestro ego, sino convertirnos en tierra fertil para los demás, en humus, ofreciéndoles lo mejor de nosotros: nuestra propia esencia.





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